29 abril 2011

El valenciano que construyó un chalet normando en lo alto de un edificio en Buenos Aires

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Si hay un capricho arquitectónico que destaca por lo insólito de su situación, su estilo, y sus vistas, ese es el del chalet que parece levitar desde hace décadas en el corazón de Buenos Aires. En una altura de nueve pisos, un chalet que parece extrapolado de algún paisaje del viejo continente, domina una de las mejores vistas de Buenos Aires. Y todo a pocos metros del obelisco, el ícono urbano de la ciudad.

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La historia del chalet es responsabilidad de un inmigrante valenciano, Rafael Díaz, que como otros tantos, llega a Buenos Aires buscando mejores oportunidades a fines del siglo XIX.


Luego de unos cuantos años trabajando en relación de dependencia, encuentra su camino al éxito empresarial creando una casa de Muebles que prospera en el ambiente de la por entonces ascendente clase media argentina. En pocos años, queda al mando de la tienda de muebles más grande de América Latina, con un salón de ventas de varios pisos, y un sistema de venta por catálogo a todo el país. Su sede estaba localizada a pasos de donde en poco tiempo se construiría el obelisco porteño.

Rafael Díaz, supo veranear en Mar del Plata, en tiempos de la Belle Époque, un reducto exclusivo de la suntuosa aristocracia de Buenos Aires, que construía junto al mar una villa poblada de imponentes chalets y mansiones. Admirador de uno de los chalets de estilo normando, Díaz decide construirse uno a gusto en la cima de su tienda de Muebles. Pero en vez de estar situado en una villa balnearia, ésta vez, estaría en medio de un mar de cemento.

En la siguiente imagen (actual), si miramos en detalle, se puede ver el chalet asomado por encima de una valla publicitaria, y el obelisco por delante:
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A causa de que su casa de residencia se encontraba alejada del centro de la ciudad, el chalet en altura servía como un lugar de descanso para almorzar y dormir la siesta hasta regresar a su trabajo…debajo de su casa. Casi, como tocar el cielo (porteño) con las manos.

Rafael Díaz muere en el año 1962. Sus hijos, liquidan el negocio de la mueblería, ya en decadencia, para alquilar los pisos del edificio. El chalet, milagrosamente (en una ciudad en constante cambio) sobrevive hasta la actualidad, casi en el olvido, encumbrado en la cima del corazón de Buenos Aires, pero rodeado de enormes carteles publicitarios que le niegan la maravillosa vista de la urbe, y en días claros, hasta la costa de Uruguay.

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Si alguien tiene la oportunidad de caminar por el obelisco, hoy puede mirar sobre el edificio, en la dirección exacta de Sarmiento 1113. Se puede ver el chalet desde algunos ángulos acotados, hoy restaurado y funcionando como una confitería para el personal de las empresas del edificios. Probablemente sea, uno de los chalets de estilo normando más insólitos en cuanto a su ubicación de todo el planeta.

Información en El chalet en la cima de un edificio - La Nación / El chalecito que mira el Obelisco - Clarín

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26 abril 2011

El alemán que remó siete años hasta llegar a Australia

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La frase “un viaje de mil millas comienza con un primer paso” (1), debería reformularse luego de conocer la travesía de Oscar Speck. Podría decirse que su viaje fue disparado por una enorme crisis económica, y comienza con un movimiento de brazos para remar, y no dejar de hacerlo por siete años.


imageOscar Speck fue el protagonista de una odisea orientada primero a buscar un trabajo, y luego, a conocer el mundo, desde Ulm, a orillas del Danubio, hasta Australia, atravesando ríos, mares, y océanos, abarcando una gran parte de nuestro planeta. Y todo el tiempo, expuesto a los caprichos del clima, los ríos, el mar, y la propia humanidad, utilizando como vehículo un frágil kayak plegable, una embarcación que precisamente, no estaba diseñada para mayores exigencias.

La travesía en solitario a lo largo de 55.000 kilómetros se pudo concretar gracias a un kayak, que en sus propias palabras, fue un “billete de primera clase a todas partes”. En el medio, no faltaron contratiempos para contradecir la “categoría del billete”, hasta arribar a un destino que en tiempos de guerra, tampoco fue el mejor final de viaje, aún a miles de kilómetros de la conflictiva Alemania de la que buscaba alejarse.

La historia comienza con un panorama de incertidumbre: la situación crítica de la economía alemana en el año 1932,  encuentra a Oskar Speck, dispuesto a hacer de la crisis una oportunidad. Siendo un contratista eléctrico, se queda sin trabajos que atender en plena depresión en la República de Weimar. La idea de emigrar hacia una posibilidad de trabajo en minas de cobre en Chipre, no resultaba descabellada. Aficionado al remo, y sin demasiado dinero, decide equipar un kayak plegable, y cargarlo en tren para llegar junto al Danubio en la costa de Ulm.

Oskar Speck decide partir sin despedirse de nadie, remando con rumbo al Mediterráneo dispuesto a afrontar lo que las variables del clima, la geografía y la propia humanidad le interpongan en su camino.
Su modesta intención, incluía además, el difundir la afición por los kayaks desmontables, (la versión moderna de los utilizados por los esquimales). Construidos en madera sólida y con un ingenioso diseño, no eran precisamente los adecuados para embarcarse en una travesía a mar abierto, algo que podría calificarse como una locura: el buen clima durante el viaje, y el saber orientar correctamente la proa para enfrentar las olas, eran una tarea clave para el éxito en la aventura. El riesgo era tanto, como para encontrar más amenazante una ola rompiente que una tormenta en medio del mar.

El kayak utilizado en la travesía de Oscar Speck, originalmente para dos personas, fue modificado para adaptarlo a su travesía. Medía unos 5,48 metros, y en él, transportaba una carga total de 294 kilos, entre los que contaba valiosos artilugios y reservas: una brújula, remos de repuesto, cartas marinas, contenedores herméticos donde llevar películas y cámaras, tanques de agua dulce a los costados, conservas de carne y sardinas, ropa, y una pistola que en lo posible, sería mejor no utilizar.

Speck, definía a su kayak como un “boleto de primera clase…”. Aunque en la práctica, el boleto podía requerir remar 16 horas sin parar, en medio de una envolvente monotonía, con hombros y brazos doloridos y el anhelo de dormir como si se tratara de un lujo esquivo y distante.

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El buen tiempo en la primer etapa del viaje, le permite a Speck ganar experiencia y habilidad para lo que le esperaba. Las reglas de navegación a respetar incluían, no alejarse en lo posible de la costa y siempre regresar a la costa por la noche para dormir. En caso de buen viento, disponía de una pequeña vela y siempre la asistencia de un timón operado con los pies.

En el Danubio, pudo sortear remolinos enormes capaces de pasar a mejor vida a cualquier remero. Sediento de aventura, se desvía por el río Vardar, nunca antes navegado, para atravesar rápidos que casi terminan con el kayak. Speck, describe su paso por la costa griega como lo mejor del viaje, remando en medio de un paisaje de ensueño.

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La idea de abandonar la meta de la mina de cobre en Chipre gana aceptación, y el objetivo se torna más ambicioso: concretar un viaje que pueda pasar a la historia para llegar a Australia. En el trayecto seguiría camino por el Éufrates, hasta llegar al golfo Pérsico. Y de allí, por el mar Arábigo, el golfo de Bengala, el mar de Andamán, y atravesando el estrecho de Malaca hasta arribar al mar de Java. Atrás quedarían historias de contactos hospitalarios, pero también, encuentros amenazantes con asesinos, ladrones y contrabandistas en playas desoladas en algunos países de Oriente Medio.

A partir de su paso por la India y Sri Lanka, las sucesivas pérdidas de su medio de transporte (deteriorado por el paso del tiempo) se ve saldada por el patrocinio de una empresa de kayaks, que le suministra los vehículos a utilizar con un envío al puerto más cercano.

Lo que sigue, no es ni de cerca un camino de flores. Tormentas abundantes, calor, y algunos encuentros poco (o nada) memorables con nativos y tiburones hasta llegar al mar de Flores y el mar de Banda en Indonesia.

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En una remota zona costera del sudeste de Asia, (en Lanko, Indonesia) Oskar Speck viviría una de sus peores experiencias en una aldea entre nativos que no entraron en la mejor sintonía con el visitante foráneo. Una especie de secuestro temporal, maltratos y golpes, se extienden hasta poder huir, y proseguir viaje un largo tiempo después de recuperarse de una lesión en el oído.

El último tramo, lo llevaría por las islas Kei, Nueva Guinea (donde se entera del estado de guerra entre Australia y Alemania), y el destino final a Saibai, la isla más septentrional de Australia.

Habían pasado siete años desde aquel primer impulso a fuerza de remo en el Danubio. Pero lo que parecía un buen final, se torna el comienzo de otra forma de pesadilla. Oskar Speck, es detenido en septiembre de 1939 en Australia por su origen alemán y por despertar sospechas de ser un agente espía, sobre todo al llegar a la costa con una pequeña bandera en la proa de su kayak con una cruz esvástica, un símbolo asociado con los movimientos nacionalistas alemanes y el nazismo. Nada más inapropiado.


El precio de la portación de esvástica en territorio enemigo, lo pagaría con un largo tiempo en prisión, que se extendería hasta el final de la guerra, encerrado en un campo de detención aliado en Tatura.
Durante su encierro, Oskar Speck se encargaría de entretener a sus compañeros de prisión con conversaciones acerca de sus hazañas en kayak. Su destino final de viaje, se convertiría de algún modo en“su lugar en el mundo” para el resto de su vida. Tras salir de prisión, Oskar Speck logra desarrollar una nueva máquina para procesar ópalo y otras piedras preciosas, con la que ganaría fortunas que le permitieron un buen pasar.

Speck muere en el año 1995, a los 88 años de edad.   Muchos de los equipos de la expedición en kayak fueron donados al Museo Nacional Marítimo de Australia, en Sydney, donde hoy se exhiben y sorprenden a los visitantes. La hazaña en kayak de Speck suele ser calificada como una de las aventuras acuáticas más notables que se registren.

Información en Riverbendnelligen / Incredible Journey 1 2 y 3 / El viaje de Oskar Speck en el Museo Nacional Marítimo de Australia
(1) Atribuida a la figura de Lao Tsé.

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11 abril 2011

El pintor de la memoria (Colaboración con Amazings.es)

 

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Prosopagnosia es la incapacidad para recordar y reconocer rostros y lugares. Todo lo contrario, es lo que le ha sucedido a Franco Magnani. Franco es capaz de recordar con un detalle extraordinario cada ángulo de su ciudad natal y sus paisajes, un lugar que no ha visto por treinta años. La obsesión por el recuerdo de su pueblo, lo ha impulsado a plasmar sus visiones en infinidad de pinturas, siendo reconocido por su particular habilidad, como el pintor de la memoria. (Seguir leyendo en Amazings.es)

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