30 diciembre 2010

La niña que pensaba con los pies

Se acaba el año, y me ha parecido oportuno cerrarlo en el blog con una historia breve, que además, debería dejarnos buenos augurios para el próximo año, y como mínimo, una semilla para volvernos más inquietos.

Primero debo decir, que la idea del post, comienza luego de leer (vía Menéame) una entrevista a Sir Ken Robinson, un conferencista y autor asiduo en la idea de promover una educación basada en la creatividad. Su tesis, es que la educación que recibimos no fomenta en nada la creatividad. Así, en nuestra sociedad, el riesgo estaría estigmatizado, mientras se incentiva la pasividad, el conformismo y la repetición. Seguro que todo esto nos suena, e incluso, explica muchos de los fenómenos sociales actuales.

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La consecuencia, según el propio autor, es que muchos malgastamos nuestras vidas haciendo cosas que no nos interesan. Y aquí, la idea en el peor de los casos, nos señala con el dedo.Para derribar argumentos derrotistas, Robinson afirma: “ es un error creer que sólo unos pocos superdotados tienen talento…Todos somos superdotados en algo, se trata de descubrir en qué”.

En muchas de sus conferencias, Sir Ken Robinson expone un caso que además, se ha convertido en un ejemplo entre psicólogos y orientadores de todo el mundo en cuanto a la importancia de descubrir un talento. La historia, es la de una niña hiperactiva que de no mediar un excelente psicólogo, podría haberse convertido en un talento perdido: la pequeña Gillian Lynne, era una niña incapaz de oír una explicación en un colegio sentada, concentrarse, o hacer algo tan simple, como quedarse quieta.

Es curioso, como el ser inquieto, puede ser en términos sociales, una anomalía difícil de comprender. Pues ésta niña de apenas ocho años, sin resultados alentadores en el colegio, despierta preocupación en la dirección del colegio al que asiste, al punto que una carta llega a sus padres alertando sobre problemas en el aprendizaje.

Su madre, decide llevarla a un psicólogo, quien luego de hablar unos minutos con su madre sobre el caso, le explica a la niña que debe quedar un momento a solas. Desde afuera del gabinete, ambos observan a la niña inquieta bailar al ritmo de la música emitida desde una radio.

La niña, se muestra otra vez inquieta. Pero el psicólogo, supo ver en ella algo diferente: destaca no sólo como la niña presta atención a la música, se concentra, sino que además le recomienda a la madre apuntarla en una escuela de danza.

Evidentemente, el encuentro con el psicólogo fue el punto en el que alguien pudo ver un talento que antes había sido observado como una “anomalía de aprendizaje”. La creatividad, se expresaba a través de los pies y Gillian Lynne no estaba “enferma”: simplemente era una bailarina.

Gilliam Lynne, tiene hoy 84 años, y es una consagrada coreógrafa, responsable de las coreografías de musicales como Cats y el Fantasma de la Ópera junto a Lloyd Webber, además de una reconocida carrera como bailarina en el Royal Ballet, actriz, directora de teatro y de televisión. La niña inquieta “pensaba con los pies”.

La anécdota, la cuenta Robinson en una de las conferencias TED, que recomiendo visualizar (para no asiduos, se puede elegir el idioma del subtitulado). En ella, básicamente, se propone cambiar nuestro sistema educativo a uno que nutra la creatividad, en vez de socavarla:

Para cerrar, sobre todo quería desearles un nuevo año en el que seamos más inquietos. En palabras de Sir Ken Robinson, encontremos las ideas originales que seguramente tenemos dentro, y las saquemos afuera. Y ya a riesgo de parecer una entrada de autoayuda, exploremos aquello que siempre hemos deseado hacer, pero que por alguna razón, hemos dejado en el tintero. Básicamente, demos rienda suelta a la creatividad, y entonces, en la medida de lo posible, seguramente tendremos un mejor año 2011. Mis mejores deseos, estimados lectores.

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09 diciembre 2010

La misión de alerta de EEUU que mantuvo en el aire durante 29 años un Centro de Mando

Imaginemos el cuadro de situación: la posibilidad en plena Guerra Fría de un ataque nuclear, y de una amenaza sistémica en la que todos los centros de mando terrestres del ejército norteamericano podrían quedar inoperables. La previsión obligaba a buscar el modo de que ante una catástrofe, un centro de mando alternativo siguiera funcionando. La solución: nada mejor que sostener un centro de mando en un punto móvil y en el aire por décadas de un modo continuo. Con esa premisa, nacía la Operación Looking Glass.

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El plan de la operación, era nada menos, mantener en el aire de forma continua un centro de mando, en un avión especialmente diseñado para ejercer una función de “espejo” de las bases de operación terrestre ante un hipotético ataque sistémico. Así nacería el “avión del juicio final”. En realidad, un total de 11 aviones (Boeing EC-135B) fueron adaptados como puesto de mando. Entre el 3 de febrero de 1961 y el 24 de julio de 1990 completaron 281.000 horas continuas de vuelo de forma alternada preparados para lo peor.

El avión de la operación Looking Glass, fue diseñado para permitir la continuidad y reconstitución del gobierno norteamericano en caso de ataque nuclear: eran capaces de asumir el mando operativo de todas las fuerzas nucleares de los EE.UU, además de comunicarse con la opción a lanzar misiles intercontinentales, y poseer un sistema de conexión con los submarinos nucleares.

En la práctica el avión “del juicio final” sólo sería útil en la hipótesis más catastrófica que podría imaginarse: un mundo en el que el centro de comando nuclear de la Base Aérea de Offutt, el Centro de Mando Militar del Pentágono y el Complejo de Montaña Raven Rock (también conocido como un “Pentágono subterráneo”) quedasen obsoletos por un ataque o catástrofe. Sería en escala, un mundo evidentemente en un conflicto de proporciones.

Según el grado de amenaza, se elevaría el nivel de defensa del país según la escala DEFCON: de un nivel 5 (situación normal) a un nivel 1 (máximo nivel de alerta, para los pilotos del avión Looking Glass. En un nivel 2 se disparaba entre otros protocolos de emergencia, otra curiosidad no menor: la necesidad de los pilotos de operar el avión utilizando un parche en uno de sus ojos. La razón no era otra que la de anticiparse al riesgo de presenciar en pleno vuelo el destello enceguecedor de una detonación nuclear. De ése modo, el ojo cubierto, gracias al parche, quedaría resguardado de la ceguera, y por defecto, la respuesta militar al supuesto ataque, resguardada de algún modo por un parche de ojo.

Años después, el rudimentario método de protección, sería perfeccionado por unas gafas de protección que se convertirían instantáneamente en opacas al exponerse a un destello nuclear. Afortunadamente, la misión militar en el aire más larga de la historia, nunca debió ser activada. Los aviones fueron reemplazados desde el año 1998 por el E-6 Mercurry. Ocho años antes, había cesado el alerta aerotransportada continua en coincidencia con el fin de la Guerra Fría, y los aviones dejaron de estar en forma permanente en vuelo, aunque siguen operativos.

Por supuesto, su esquema de funcionamiento es totalmente secreto, sobre todo ante el riesgo de que sus enemigos perciban su actividad como un paso previo a un lanzamiento nuclear o a una maniobra defensiva extrema.

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